AnaRosaSanfeliu

Opiniones personales publicadas y otros pensamientos

Manolo, hoy la cena te la haces tú

Llevaba todo el día en casa. Cerrada, que no quieta. Por sus manos habían pasado al menos 15 calcetines. Porque uno, el gris que lleva las gomas anchas, ese no había salido de la lavadora. Desde que se había levantado, a la misma hora que él, no había dejado de hacer cosas por casa. “Si un día me miden los pasos que doy desde el comedor a la cocina y desde la cocina a la habitación, estoy segura que hago una maratón de esas”.

Se había preparado las cartillas para ir mañana al banco. Había ordenado los recibos. Puso otra lavadora, mientras iba y venía removiendo los fideos que había preparado para comer.

Llegaron los niños y comieron y saquearon su paciencia volviéndolo a llenar todo de ropa por el medio. “Pero anda, ve y diles tú que no se cambien de ropa para ir por la tarde al instituto. Como si tuvieran que hacer un casting a jornada partida”.

Y luego le tocó a la aspiradora, y encontrarle sitio a la caja con los cachivaches que Manolo había traído del último encuentro con su juventud. Porque, ojito que Manolo cada vez que va a casa de su madre, siempre vuelve con una caja llena de trastos: “Antes tenía afición a las válvulas, así que me lo llevo, a ver si puedo acabar este amplificador. Porque ¿tu sabes si suenan bien las válvulas? Mucho mejor que cualquier cd. Ya te lo digo”. ¿Acabarlo?, pero si la foto de la boda está apoyada en el tocador porque no ha tenido los santos bemoles de colgarla, y llevamos 17 años casados.

17 años…17 años, cuatro meses y dos días…porque hoy estamos a 28, y nos casamos el 26. Qué sol hacía, cuantos días de ir y venir probándome el vestido, los zapatos. Y Manolo estaba tan guapo, tan sonriente, tan fel…Y estaba pensado esto cuando al pasar en el cuarto de aseo, vio la máquina de afeitar encima del lavabo, sin guardar. Recogió el cable y la guardó en el cajón. Entró a la habitación y al abrir el armario vio una enorme bola de ropa apretada contra el fondo, olorosa y sudada. La cogió, la llevó al lavadero. Recordó entonces que, siempre que pasa por ese restaurante que tiene unas tejas verdes y una luz cálida que se ve por las ventanas, había querido entrar y cenar allí. Sólo se cambió de ropa y se pintó los labios…

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Esta entrada fue publicada en 25 octubre, 2011 por en Vidas de un minuto y etiquetada con , , .

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